La
oficina de David Berger puede quedar un día en el Sahara y otro día en el Ártico:
en casi cualquier lugar remoto donde un satélite sospeche que hay petróleo
escondido. Berger es un tipo flaco y desgarbado que lleva catorce años
diciéndole a las multinacionales donde está enterrado el tesoro. Cuando uno trata
de imaginar que hace un buscador de petróleo, quizá imagina un hombre que viaja
cavando agujeros a la espera de que milagrosos géiseres de líquido negro
emerjan de la tierra. O tal vez se piensa que es el trabajo de un puñado de caza
recompensas de Texas con gran olfato y sombrero de vaquero. No es así: los
buscadores de petróleo son una escasa estirpe que solo debe saber leer el lenguaje
del subsuelo y de las rocas. David Berger es uno de ellos.
 |
Buscador de petroleo |
Esta
sentado en un café del distrito más
empresarial de lima. Es sismógrafo y nacido en Canadá hace treinta y dos años,
aunque su familia es de origen turco. Tiene una cerveza en la mano y un cigarro
estacionado en el cenicero. Lleva unas gafas oscuras que le cubren los ojos y,
cuando habla, mueve las manos con soltura latinoamericana. Cuenta que a veces
aterriza en esquinas tan ocultas del planeta que la gente del lugar descubren en
el por primera vez a un extranjero, y maquinas del tamaño de un elefante, y
varas de metal que son antenas, y blue jeans. En unas semanas partirá al
desierto de Sudán y Berger sabe que lo pueden matar. Sí, la misma compañía que
ahora lo ha encontrado para explorar el desierto africano tuvo que suspender
ese proyecto en el 2003: unos nativos de Sudán mataron a todos los extranjeros
de esa primera expedición petrolera.
Es
posible que David Berger no sea bien recibido, pero él no piensa en eso ni en
las guerras que lo rodean cuando va a trabajar. Menos en los peligros de
comprar una cerveza en el país donde el consumo de alcohol es ilegal, ni en el
riesgo de salir del campamento solo y sin salvoconducto cuando debe hacer una
llamada telefónica. Los buscadores de petróleo están prohibidos de muchas
cosas. No pueden tomar agua ni comer nada que no sea envasado. A veces los
alimentos demoran varios días en llegar y padecen hambre. También están
prohibidos hacerse amigos de los nativos. Así les sobre comida, no pueden
invitarla a los niños desnutridos que abundan en los lugares que exploran.
Menos regalar unas monedas. La generosidad no es parte de su contrato. Antes no
había tantos buscadores de petróleo, pero ahora seiscientas personas compiten
por un puesto. Berger recuerda que algunos de sus compañeros de trabajo
murieron de malaria. A él las vacunas lo hacen sentirse enfermo que solo le
queda confiar en hasta ahora envidiable suerte.
Cuando
los buscadores de petróleo llegan a un sitio, instalan un campamento para las
quinientas personas de una misión estándar. Algunos conducen los camiones,
otros dinamitan, otros solo se dedican a abrir caminos por la jungla. Hay
electricistas, mecánicos, cocineros, un colombiano que vive en chile, un
canadiense que vive en ecuador, unos sesenta africanos.
Las
petroleras están dispuestas a invertir millones con tal de hallar nuevos
depósitos. Aun así, el final está cerca, según la organización de Pises
exportadores de petróleo: dicen que dentro de cincuenta años la humanidad habrá
bebido todo el petróleo de la tierra.
Berger
recuerda que a veces los buscadores han tenido que limpiar hectáreas enteras de
cultivo de maíz para instalar sus mastodontes de hierro. Son unas máquinas
obesas, de varias toneladas, que sirven para medir como rebotan las ondas
contra el subsuelo. Con estos encuentran indicios de petróleo, meses después
llegara otra tropa a taladrar el suelo con una gigantesca cuchilla de diamante
que cuesta varios millones de dólares. Miles de horas de trabajo pacifico para
que luego unos países bombardeen a otros por tener el control de ese líquido
negro que hace avanzar el mundo. A David Berger no hay nada que le parezca más
absurdo. Pero ese es su trabajo, dice: él no es dueño del petróleo.
Ahora
está de vacaciones. Puede pasar veinte semanas bajo el sol de Yemen, trabajando
doce horas al día, y después vagar por el mundo seis meses. O a veces, el
petróleo conspira contra él y pasa un año entero sin un solo feriado. Eso
tampoco lo asusta. Siempre habrá un descanso. Cuando no está trabajando, escoge
alguna ciudad que le interese y se queda ahí una temporada. Llego al Perú, por
primera vez, por trabajo: lo contrataron para hacer los primeros estudios de lo
que ahora es el yacimiento de gas Camisea.
Recuerda
también que abandono la escuela cuando