Más de la mitad de la población de este distrito
cusqueño no sabe leer ni escribir. Allí, donde
todo parece perdido, trabaja Amantaní, una organización inglesa que
lucha por cambiar esta realidad.
En Ccorca, uno de los distritos
más olvidados del Cusco, a nadie le sorprende que los niños caminen hasta ocho
horas diarias para poder ir al colegio. Desde muy pequeñitos surcan senderos,
atraviesan quebradas y soportan temperaturas de hasta 14 grados bajo cero.
Todo con tal de recibir educación. Eso lo sabe muy bien Pilar Echevarría Pérez
(48), una española que hace ocho años llegó a Ccorca para luchar contra la
desnutrición infantil y terminó fundando Amantaní, un proyecto educativo que
permite que cientos de escolares terminen sus estudios sin tener que recorrer
a pie largas distancias. Y es que en Ccorca, una zona de extrema pobreza que
abarca ocho comunidades campesinas, solo hay una escuela secundaria. Por ese
motivo, cuenta Pilar, muchos terminan abandonando las aulas.
BUENA COSECHA
“Empezamos trabajando con las
adolescentes porque nos dimos cuenta de que era la población más vulnerable.
Con el tiempo pudimos integrar a los varones”, narra. Gracias al apoyo de la
comunidad hoy existen Las T’icas, Illapas y Shaskas, tres albergues que acogen
temporalmente a los estudiantes quechua hablantes que quieren terminar el
‘colé’ sin tener que andar durante horas. Como es el caso de Magaly (15), una
adolescente de ojos chinitos y mejillas coloradas que sueña con convertirse en
abogada. Magaly nació en Totora, una de las comunidades más lejanas del
distrito de Ccorca. “De tanto andar, los cuadernos me hacían doler la espalda”,
confiesa esta muchachita que duerme en el albergue de lunes a jueves. Los
viernes, apenas suena el timbre de salida, regresa corriendo a casa para
abrazar con todas sus fuerzas a Guillermina, su mamá.
Mientras están en los albergues
los chicos reciben alimentación, los ayudan a hacer sus tareas y tienen
refuerzo escolar. Pero en Amantaní también los educan para la vida.
Lamentablemente, un alto porcentaje de las adolescentes no termina el colegio
porque sus padres las casan con el primer enamora-do que tienen o ellas mismas
se encaprichan y se van. “Por eso tratamos de inculcarles valores para que
puedan tomar buenas decisiones”, comenta Tania Farfán Villcahuamán (31), una de
las tres tutoras de aula que, de lunes a viernes, hace las veces de mamá. Y es
que su trabajo no dura ocho horas, sino 24. Desde que las chicas se levantan
hasta que se van a dormir, Tania está allí. Peinándolas, es-cuchándolas,
aconsejándolas.
“En esta zona de extrema pobreza, solo hay una escuela
secundaria, por lo que muchos dejan las aulas.”
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Durante meses recorrieron ,
Cusibamba, Totora, Tamborpugio, Chuspi, Ccarhuis, Huaillay, Rumaray y Ccorca
Ayllu para explicarles que en los albergues iban a encontrar educación de
primera. Una donde no faltaran nunca los profesores, donde les hablaran tanto
en español como en quechua y, sobre todo, una que no iba a dejar de lado sus
raíces, su cultura, sus costumbres. Porque el mayor reto de Amantaní, aseguran,
es formar estudiantes interculturales.
GRANITO DE ARENA
En su aventura dieron con la
casita de Doris (18), cuyos padres habían escuchado de Amantaní a través de un
comunicado radial en quechua. “Yo soy ciego. Ojos no tengo, letras no conozco.
En Ccoyac (su comunidad) no hay colegios, mamaf’, cuenta Sixto Saire Conohuilca
(45), uno de los pocos padres que no la pensaron dos veces antes de enviarla.
“Noqa munani allin kanankuta (quiero un futuro para ellos)”, agrega más tarde
en quechua este agricultor de quinua que desea que aunque sea uno de sus siete
hijos salga adelante. Ya sea en el campo o en la ciudad. Mujer u hombre. La
idea es romper la cadena.
La misión de Amantaní es
fortalecer sus habilidades sociales para que no sean marginados y sepan
desenvolverse sin tener que envidiarle nada a nadie. Lamentablemente los que
deciden migrar a la capital, como ocurre con el 30% de los jóvenes, se dan
cuenta de que allá, en las grandes ciudades, hay gente que no está prepara-da
para recibirlos. “Hay mucha discriminación. Incluso de los mismos profesores.
Entonces empiezan a rechazar sus ojotas, sus polleras, su quechua. Es muy
triste”, admiten. Al respecto, y con razón, se queja Soledad (15): “Creen que
la gente del campo no estudiamos, que no sabemos nada, que somos ignorantes.
Pero se equivocan”.
Además de trabajar de la mano con
los estudiantes. Amantani capacita a los docentes de las 15 escuelas que
existen en Ccorca. Sobre todo a los unidocentes; es decir, a esos valientes
profesores que tienen que ingeniárselas para dictar clases en cuatro aulas. Uno
de ellos está en la institución educativa 50864 de Rumaray. Lo encontramos
formando oraciones en castellano con la palabra mamá. “Ya, hijos. Sentaditos
todos”, les ordena antes de que nos deje pasar. Roberto Escobar Marero (34)
tiene 18 alumnos a su cargo: ellos, aunque sin cuadernos y con el estómago
vacío, igual siguen yendo a estudiar.
“Creen que la gente del campo somos ignorantes. Pero se
equivocan”, se queja Soledad (15).”
SIN DAR EXPLICACIONES
“Muchos de mis niños son víctimas
de abuso y violencia familiar”, comenta este hombre que ha reunido a los
estudiantes de segundo, tercero y cuarto de primaria en un mismo salón de
clases. Así, mientras él dicta lecciones en primero de primaria, los mayores se
hacen cargo de los menores. En estos años de experiencia Roberto ha aprendido
que hay que trabajar como se puede y con lo que hay.
Por eso Amantaní trata de estar
pendiente de los profesores. En Ccorca es muy común que, debido a la paga, los
pocos que existen se desmotiven y terminen renunciando. “Pocos son los que
quieren venir. Casi no hay movilidad y los sueldos son tan bajos que terminan
gastando ocho soles diarios solo en transporte”, argumenta Pilar, quien en lo
que va del año ha visto, impotente, cómo la mayoría de docentes se van de
Ccorca sin siquiera dar explicaciones. Durante nuestra visita el director del
único colegio mixto secundario de Ccorca, Luis Centero Aragón (60), admitió que
solo en lo que va del año ya han tirado la toalla tres docentes: el de
Matemáticas, Comunicación y Ciencia y Tecnología.
Pero son los estudiantes del
colegio primario de Tamborpugio los que se llevan la peor parte. “Hace dos
semanas que no hay educadores”, denuncia Pilar sin despegar los ojos de la
carretera sin asfaltar. Al llegar, encontramos a un grupo de familias
quechuahablantes recogiendo a sus hijos para regresar al campo. Porque hoy
parece que tampoco habrá clases. Cansada de esta problemática, Pilar se reunió
con la Unidad de Gestión Educativa de Cusco, con pancarta en mano, para
preguntarles por qué razón no hacían nada al respecto. “Porque no tenemos
presupuesto”, le contestaron. Así de mal estamos. •
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